Los últimos rayos de sol, se cuelan entre las hojas de los árboles, formando luces y sombras. “Komorebi”, lo llaman los japoneses.

Cierro los ojos. Debajo de la higuera, intento alargar sobre mi cuerpo, la cálida luz de unos días cada vez más cortos. Embriagada por el aroma, adictivo y dulzón, de los higos maduros.

Septiembre es un mes raro. Tiene esa luz nostálgica que anuncia el final del verano. Y una sombra que amenaza con llevarse el último resquicio del recuerdo feliz. Al mismo tiempo, trae el susurro de un viento fresco, que te cuenta: “algo nuevo está a punto de comenzar”.
Y te sientes desubicada. Quieres seguir metiendo los pies en el río, pero sabes que en unos días, las aguas calmadas y templadas, volverán a ser gélidas y turbulentas.

¿Pero acaso no consiste en eso el ciclo de la vida? Volver a empezar. Una vez más… Aceptar los cambios, fluir con ellos. Dibujar en el agua un delicado círculo con los dedos. Y sentirte afortunada de poder sentir la luz del sol, a la sombra de una higuera.
















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